martes, 15 de septiembre de 2026

EL RESCOLDO, por JOAQUÍN LEGUINA

 

EL RESCOLDO, por JOAQUÍN LEGUINA




La ceniza que aún guarda calor: una lectura de El rescoldo, de Joaquín Leguina

Introducción

El rescoldo (1993) es la segunda novela de Joaquín Leguina, publicada un año después de La fiesta del ángel. El título, que designa ese calor residual que persiste bajo las cenizas cuando el fuego parece apagado, funciona como una declaración de intenciones: lo que la novela busca no es la llama viva del pasado, sino su huella térmica, ese resto de temperatura que permite saber que algo ardió allí, que alguien vivió, que una historia no puede darse por concluida mientras quede un rescoldo bajo la superficie.
La novela se mueve entre dos tiempos: la Zaragoza de los años treinta, con sus tertulias, sus revoluciones y su guerra, y el presente de un narrador que busca el rastro de su abuela desaparecida. Entre ambos planos se interpone la memoria, con sus traiciones y sus fidelidades, y una pregunta que el narrador se formula con una honestidad desarmante: ¿qué hacemos con la verdad cuando por fin la encontramos? ¿La decimos, la ocultamos, la edulcoramos?
No hay giros de trama que anticipar en el sentido convencional del término, pero sí conviene advertir que este artículo desvela elementos importantes de la estructura narrativa y del destino de algunos personajes. Quien prefiera llegar virgen a la lectura, haría bien en detenerse aquí.

Sobre el autor: el político que eligió la novela

Joaquín Leguina (Villaescusa, Cantabria, 1941) es conocido ante todo por su trayectoria política: economista, demógrafo, diputado y primer presidente de la Comunidad de Madrid entre 1983 y 1995. Esa faceta pública, tan visible, puede hacer que se olvide la otra: la del escritor que, desde principios de los noventa, ha construido una obra narrativa de notable ambición y coherencia.
El rescoldo llegó en un momento particular. Leguina estaba en plena actividad política, presidiendo una comunidad autónoma compleja y en plena transformación. Y sin embargo, eligió escribir una novela que no tiene nada de urgente ni de coyuntural: una historia que se remonta a los años treinta, que atraviesa la guerra civil, el exilio, los campos de concentración, y que llega hasta un presente donde las heridas ya no sangran pero aún duelen. Esa elección dice mucho sobre la relación de Leguina con la literatura: no como evasión de la política, sino como su complemento necesario, como el espacio donde lo que la gestión no puede resolver —la memoria, la culpa, el sentido— encuentra al menos un lugar donde ser formulado.

Análisis y contenido: dos búsquedas que se necesitan

La estructura de El rescoldo es su primer acierto. La novela alterna dos planos temporales sin que uno sea mero telón de fondo del otro. En el presente, un narrador sin nombre —o cuyo nombre no importa, porque su función es la de buscar, no la de ser— emprende una investigación sobre el paradero de su abuela Francisca Vió, desaparecida durante la guerra civil. En el pasado, asistimos a la vida de esa abuela y de su marido, Jesús Vió, un matemático brillante que estudia en Cambridge bajo la tutela de Harold Lardy, un personaje que cualquier lector reconocerá como trasunto de G. H. Hardy.
Ambos planos se necesitan mutuamente. La búsqueda del narrador da sentido retrospectivo a la historia de los abuelos; la historia de los abuelos da peso emocional a la búsqueda del narrador. Ninguno de los dos funcionaría sin el otro. Y entre ambos se interpone una figura que lo cambia todo: la mentira. «Yo, que durante años había buscado la verdad con ahínco, cuando, al cabo, me encontraba ante ella, la ocultaba o, por mejor decir, la edulcoraba hasta desfigurarla en beneficio propio», confiesa el narrador. Y añade algo peor: esa mentira es «otra forma de alimentar y practicar el olvido, todo lo contrario de lo que me había impulsado a buscar la verdad de mi propio pasado».
Esa confesión es el corazón moral de la novela. No estamos ante un relato de investigación donde el misterio se resuelve y todo queda en orden. Estamos ante un relato donde la verdad, una vez encontrada, resulta más difícil de sostener que la ignorancia. Donde el narrador descubre que buscar la verdad es fácil —basta con tener curiosidad y persistencia—, pero decirla, asumirla, vivir con ella, es otra cosa enteramente distinta.
El plano histórico es extraordinariamente rico. Leguina reconstruye la Zaragoza de los años treinta con una precisión que no es solo documental, sino sensorial. Están las tertulias en el ático de Francisca y Jesús, donde acude Germinal, el amigo anarquista que vota «con desgana a los socialistas» porque Paquita insiste. Está la revolución de octubre de 1934, con sus noticias llegando desde Asturias, desde Barcelona, desde el País Vasco. Está el asesinato del cardenal Soldevila, contado con la frialdad de una carta: «Iba en su coche por el Terminillo y al reducir la marcha para entrar en el asilo que hay allí, dos hombres que lo estaban esperando le dispararon a través de la ventanilla trasera. Murió en el acto». Está la guerra, la huida, el exilio.
Pero hay también un plano que pocos lectores esperan encontrar en una novela sobre la guerra civil: el de las matemáticas. Jesús Vió escribe una tesis sobre el último teorema de Fermat y las curvas elípticas. Su maestro, Harold Lardy, es un personaje construido con un cariño evidente: «vestía una chaqueta sport y pantalones de franela gris. Llevaba una camisa blanca, de seda, cerrada en el cuello mediante una fina corbata azul de lana. Tenía el pelo rubio y lacio, matizado de unas pocas canas en las sienes, y se ayudaba de unas gafas redondas con montura de carey que tendían a deslizarse a lo largo de su bien dibujada nariz». La descripción tiene la minuciosidad del retrato pintado, y el detalle de las gafas que se deslizan —repetido más adelante— le da una cualidad casi cinematográfica.
El episodio de Ramanujan está presente, transformado pero reconocible: Lardy toma un taxi para visitar a su amigo enfermo en el hospital de Putney, comenta que el número del taxi es el 1729, «un número bastante soso», y la anécdota se convierte en un momento de ternura matemática, de complicidad entre dos mentes que ven el mundo de un modo que los demás no alcanzan.
Junto a Lardy y Jesús está Petras Papachristos, un matemático griego nacido en Atenas en 1895, que dedica su vida a intentar demostrar que la ecuación de Fermat no es modular. Papachristos es un personaje fascinante: solitario, obsesivo, crítico con la estructura social de su país («Aquí convive el más moderno capitalismo con una estructura social medieval y a la vez oriental»), incapaz de compartir sus avances por miedo a que alguien se le adelante. Su trayectoria, que culmina en un congreso en Berkeley donde otro matemático, Kin Rivat, demuestra lo que Papachristos intuía, tiene algo de tragedia griega: el hombre que roza la verdad toda su vida y la ve confirmada por otro.
El plano de la búsqueda presente es más íntimo, más fragmentario. El narrador viaja a Toulouse, donde una oficina pobre atendida por nietos de exiliados conserva archivos en papel. Visita a su tío Adolfo, que le remite a Jorge Semprún y a El largo viaje. Recorre archivos en Cataluña, Aragón y Salamanca sin encontrar rastro de Francisca Vió. Y en medio de esa búsqueda, vive: cena con amigos, asiste a bodas que no aprueba, pasea ciudades, se enamora y se desenamora. La vida, viene a decir Leguina, no se detiene mientras buscamos. La vida es lo que pasa mientras buscamos.
Hay un pasaje que condensa la relación del narrador con Ana, la mujer que lo acompaña en algunos tramos del camino: «He pasado un mal rato. Ha vuelto a mí la angustia de aquella noche. No puedo olvidar la voz que yo escuché, y más sabiendo que estaba allí encerrado durante tantos años. Es una historia terrible». Y más adelante, en otro registro, la despedida de Ana: «No soporto la idea de hacerme mayor mientras se estrecha cada vez más el horizonte». Son frases que Leguina deja caer sin énfasis, sin subrayado, y que por eso mismo pesan más.
El estilo de la novela es medido, reflexivo, con una tendencia a la frase larga que no es pesadez sino respiración: Leguina escribe como quien piensa en voz alta, como quien necesita dar rodeos para llegar al centro de una idea. No hay prisa en su prosa, no hay efectos fáciles. Hay una confianza tranquila en que el lector seguirá el hilo si se le da tiempo. Y hay también un humor contenido, casi melancólico, que asoma en los momentos menos esperados: «El aburrimiento es uno de los impuestos que nos exige el hecho de estar vivos», sentencia Jesús. O la abuela que, ante la perspectiva de un bautizo, promete: «Pues yo no iré a ese bautizo».

Interpretación: la memoria como acto de justicia imperfecta

El rescoldo puede leerse como una novela sobre la memoria histórica, pero esa etiqueta, tan gastada, no le hace justicia. Lo que Leguina propone no es la recuperación de un pasado glorioso ni la denuncia de una injusticia que exige reparación. Lo que propone es algo más modesto y más difícil: la aceptación de que el pasado no puede recuperarse entero, de que toda reconstrucción es parcial, de que la verdad que encontramos siempre llega tarde y siempre viene incompleta.
El narrador lo dice con una claridad que desarma: «No es sano vivir en el engaño». Pero tampoco es sano vivir en una verdad que nos destruye. La novela habita ese espacio intermedio, ese rescoldo entre el fuego y la ceniza, donde no hay llama pero sí calor. La abuela dejó un libro escrito —«leo y releo el libro que dejó escrito tu abuela», dice un personaje—, y ese libro es la forma en que el pasado persiste: no como presencia, sino como texto, como huella, como algo que puede releerse pero no revivirse.
Hay también una reflexión sobre la responsabilidad del que busca. El narrador no es un historiador imparcial: es un nieto, y su búsqueda está teñida de amor, de culpa, de necesidad. Cuando encuentra la verdad, la edulcora. Cuando podría decir lo que sabe, calla. Esa cobardía —porque el narrador la llama así, «mi mentira, como tantas veces, fue la expresión de una cobardía»— no es un defecto del personaje, sino su humanidad. Leguina no juzga a su narrador; lo muestra. Y al mostrarlo, muestra algo universal: la distancia entre querer saber y querer saber de verdad, entre buscar la verdad y estar dispuesto a cargar con ella.
El contexto sociocultural de la novela es el de una España que, en los años noventa, empezaba a mirar atrás sin el miedo de la transición pero sin la distancia suficiente para hacerlo con serenidad. La generación de Leguina —los que no hicieron la guerra pero crecieron bajo su sombra— tenía una relación particular con ese pasado: no lo habían vivido, pero lo habían heredado. El rescoldo es, en ese sentido, una novela generacional: la historia de quienes buscan un fuego que no encendieron, un calor que no les pertenece del todo pero que sienten como propio.
Conviene señalar que la novela no toma partido político en el sentido estrecho del término. Leguina, que fue presidente socialista de Madrid, no escribe un panfleto. Sus personajes anarquistas —Germinal, que vota «con desgana»— son tan complejos y contradictorios como los demás. La guerra no se presenta como una lucha entre buenos y malos, sino como una catástrofe que arrasa con todo, con los justos y los injustos, con los que tenían razón y los que no. Lo que interesa a Leguina no es quién tenía razón, sino qué quedó después: el rescoldo, la ceniza, el silencio.

Valoración final: una novela que no se apaga

El rescoldo no es una novela fácil en el sentido de que no ofrece una trama con intriga creciente ni un desenlace que resuelva todas las tensiones. Es una novela que se demora, que se permite digresiones, que dedica páginas enteras a una cena en Zaragoza o a una conversación sobre números perfectos. Esa lentitud es deliberada y es, en el fondo, su mayor virtud: obliga al lector a habitar el tiempo de los personajes, a sentir el peso de los años, a comprender que la memoria no es un archivo que se consulta sino un paisaje que se recorre.
Lo que la novela aporta al lector actual es, ante todo, una forma de pensar la herencia. No la herencia material —casas, tierras, apellidos—, sino la otra: la de las historias que nos contaron, los silencios que nos transmitieron, las verdades que nos ocultaron para protegernos y que, al protegernos, nos mutilaron. El narrador de El rescoldo busca a su abuela, pero lo que encuentra es a sí mismo: sus propias mentiras, sus propias cobardías, su propia incapacidad para sostener la verdad sin adornarla.
Hay un momento en que un personaje dice: «Una ciudad sólo se conoce si se pasea en soledad». La frase, aparentemente trivial, resume la poética de la novela: hay cosas que solo se pueden conocer a solas, sin testigos, sin la mediación de otros. La memoria es así: un paseo solitario por una ciudad que ya no existe, donde las calles tienen otros nombres y las casas están habitadas por fantasmas.
Leguina escribe con la serenidad de quien sabe que no puede cambiar el pasado pero sí puede darle una forma, un orden, una dignidad. El rescoldo es esa forma: no una resurrección, sino un reconocimiento. La constatación de que bajo la ceniza aún hay calor, de que lo que se apagó no se enfrió del todo, de que mientras alguien busque, alguien recuerde, alguien relea el libro que la abuela dejó escrito, el fuego no se habrá extinguido por completo.
Y eso, en un tiempo que tiende a consumir el pasado como producto y a descartarlo cuando deja de ser útil, es un acto de resistencia silenciosa. Un rescoldo, precisamente: pequeño, casi invisible, pero tenaz.




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