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viernes, 11 de septiembre de 2026

LA INQUIETUD POR LA VERDAD. ESCRITOS SOBRE SEXUALIDAD Y EL SUJETO, por MICHEL FOUCAULT

 



LA INQUIETUD POR LA VERDAD. ESCRITOS SOBRE SEXUALIDAD Y EL SUJETO, por MICHEL FOUCAULT


La inquietud que no cesa: Foucault y los caminos del sujeto

Pocos pensadores del siglo XX han conseguido que una pregunta aparentemente sencilla —qué somos— se convierta en un temblor que recorre toda la historia occidental. Michel Foucault lo logró, y lo hizo además en el tramo final de su vida, cuando ya enfermo y con la urgencia de quien sabe que el tiempo se agota, decidió regresar a los griegos y a los primeros cristianos para entender cómo el ser humano aprendió a reconocerse como sujeto de deseo. "La inquietud por la verdad. Escritos sobre sexualidad y el sujeto", editado por Edgardo Castro y publicado por Siglo Veintiuno Editores, reúne diez textos dispersos —entrevistas, conferencias, artículos y prefacios— que abarcan desde 1978 hasta 1984 y permiten asistir, casi en tiempo real, a la transformación más profunda del pensamiento foucaultiano: el paso del análisis del poder y la represión a la exploración de las técnicas mediante las cuales el individuo se constituye a sí mismo como agente ético.
El volumen se organiza en dos grandes bloques. El primero, dedicado a la sexualidad, recoge conversaciones en las que Foucault explica la génesis y los sucesivos giros de su "Historia de la sexualidad", ese proyecto que comenzó como una crítica a la hipótesis represiva y terminó sumergiéndose en los textos de Séneca, Plutarco, Epicteto y los primeros padres de la Iglesia. El lector asiste aquí al Foucault que confiesa que la sexualidad, en sí misma, le resulta aburrida, y que lo que verdaderamente le fascina son las técnicas de sí, los modos en que una cultura inventa formas de relación con uno mismo. El segundo bloque, centrado en el sujeto, incluye una emotiva necrológica del historiador Philippe Ariès, una entrevista donde Foucault resume su trayectoria intelectual como una serie de ontologías históricas de nosotros mismos, y una conferencia sobre las tecnologías políticas del individuo que enlaza la genealogía del poder pastoral con la gubernamentalidad moderna.
Lo que vertebra estos textos es un conflicto intelectual de primer orden. Foucault había construido una obra monumental demostrando que el poder no reprime sino que produce, que el saber no libera sino que implica relaciones de dominio, que las instituciones disciplinarias fabrican sujetos dóciles. Sin embargo, hacia 1978, esa arquitectura analítica le resulta insuficiente. En las entrevistas recogidas aquí lo dice con una franqueza desarmante: necesita comprender cómo el individuo se vincula a su propia verdad, cómo se reconoce como sujeto de deseo, cómo se gobierna a sí mismo. La pregunta que lo obsesiona es por qué Occidente convirtió el sexo en un asunto de verdad, por qué la confesión se transformó en el procedimiento privilegiado para arrancar al sujeto su secreto más íntimo, y por qué esa hermenéutica de sí, nacida en las prácticas monásticas cristianas, terminó colonizando la psicología, la medicina y la vida cotidiana contemporánea.
Para responder, Foucault emprende un viaje hacia atrás que lo lleva a la Grecia clásica y al mundo grecorromano. Allí descubre que los griegos no tenían una ars erotica comparable a la china, sino una techne tou biou, un arte de vivir en el que la economía del placer ocupaba un lugar importante pero subordinado al dominio de sí. La moral griega no era un código de prohibiciones impuesto a todos, sino una elección estética reservada a una élite que aspiraba a hacer de su existencia una obra bella. No había normalización, no había pastoral, no había confesión. Había, en cambio, ejercicios, dietas, economías del placer, cuidado de sí. El cristianismo, argumenta Foucault, transformó esa techne en una hermenéutica de la sospecha: ya no se trataba de gobernarse para vivir bellamente, sino de descifrarse para renunciar a sí mismo, de confesarse para obedecer. Esa inversión, sostiene, es la que todavía estructura nuestra relación con el deseo, la identidad y la verdad.
Lo más destacado del libro reside en su carácter de taller abierto. No estamos ante un tratado cerrado ni ante una exposición sistemática, sino ante un pensamiento en movimiento, que duda, se corrige, rectifica y avanza ante los ojos del lector. Foucault reconoce errores en "La voluntad de saber", admite que su noción de ars erotica era imprecisa, confiesa que el segundo volumen de su "Historia de la sexualidad" pasó por tres redacciones sucesivas antes de encontrar su forma definitiva. Esa vulnerabilidad intelectual, rara en un pensador de su envergadura, confiere a estos textos una cercanía y una calidez que los distinguen de sus grandes libros. Las entrevistas, en particular, permiten escuchar a un Foucault que ríe, que se contradice, que afirma con vehemencia que no busca una solución de recambio en los griegos, que no propone un retorno a la Antigüedad, sino una genealogía de los problemas, una cartografía de las opciones que hemos descartado y que, por tanto, podrían haber sido otras.
El estilo del libro oscila entre la precisión conceptual del filósofo y la espontaneidad del conversador. En las entrevistas con Duccio Trombadori, Foucault rememora su formación intelectual, el impacto de Nietzsche, Bataille y Blanchot, su breve paso por el Partido Comunista, su experiencia en Túnez durante las revueltas estudiantiles de 1968, su trabajo con presos a través del Grupo de Información sobre las Prisiones. En las conversaciones sobre homosexualidad, se muestra provocador y lúcido: desmonta la idea de que los griegos toleraban la homosexualidad, explica que la abundancia de textos sobre el amor a los muchachos es prueba de que esa relación les planteaba un problema, no de que la aceptaran con naturalidad. Y propone, con una audacia que aún hoy conserva su filo, que ser gay no es una identidad sino un devenir, una manera de inventar formas de relación que desborden las instituciones empobrecedoras del matrimonio y la familia.
Michel Foucault nació en Poitiers en 1926 y murió en París en 1984, a los cincuenta y siete años, cuando aún trabajaba en el cuarto volumen de su "Historia de la sexualidad", dedicado a las confesiones de la carne. Profesor en el Collège de France desde 1970, donde ocupó la cátedra de Historia de los sistemas de pensamiento, construyó una obra que atravesó la locura, la clínica, el lenguaje, la prisión, el poder, la biopolítica y, finalmente, la ética. Sus libros mayores —"Historia de la locura", "Vigilar y castigar", "La voluntad de saber", "El uso de los placeres", "La inquietud de sí"— son hitos del pensamiento contemporáneo, pero son estos textos menores, dispersos, conversacionales, los que mejor revelan la trama viva de su reflexión, las dudas que los grandes libros ocultan, las motivaciones personales que los alimentan. Edgardo Castro, en sus dos introducciones, contextualiza con rigor estos escritos y los sitúa en la serie de los "Fragmentos foucaultianos", un proyecto editorial que busca devolver al lector hispanohablante materiales que la selección canónica había dejado fuera.
Este libro gustará a quienes buscan al Foucault de carne y hueso, al pensador que duda y se desdice, al intelectual que confiesa su deuda con Nietzsche y su distancia respecto a Sartre, al militante que desconfía de los profetas y de los legisladores. Gustará también a quienes se interesan por la historia de la sexualidad no como catálogo de prohibiciones sino como invención de formas de vida, y a quienes sospechan que la identidad, lejos de ser una esencia que hay que descubrir, es una tarea que hay que crear. Su mayor virtud es la honestidad: aquí no hay sistema, no hay certeza, no hay magisterio. Hay un hombre que piensa en voz alta, que se equivoca y lo admite, que cambia de rumbo y explica por qué, y que nos lega, con su inquietud incesante por la verdad, la invitación más exigente y más libre que un pensador puede hacer: la de atrevernos a pensar de otra manera.




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