EL JARDÍN DE NEWTON. LA CIENCIA A TRAVÉS DE SU HISTORIA, por JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON
El jardín donde la ciencia aprende a hablar: una lectura de El jardín de Newton, de José Manuel Sánchez Ron
Introducción
El jardín de Newton. La ciencia a través de su historia (Taurus, 2016) ocupa un lugar singular dentro de la obra de José Manuel Sánchez Ron. No es una historia general de la ciencia, ni un manual al uso, ni una sucesión cronológica de descubrimientos. Es algo más difícil de clasificar y, precisamente por eso, más interesante: una colección de ensayos que recorren momentos, figuras y problemas concretos de la historia científica, deteniéndose en ellos con la paciencia del jardinero que observa cómo crece una planta sin forzarla.
El título no es casual. Evoca el célebre jardín de Woolsthorpe Manor donde, según la tradición, Newton contempló la caída de una manzana y vislumbró la gravitación universal. Pero Sánchez Ron no lo usa como emblema del genio solitario que recibe una revelación. Lo usa como metáfora de otra cosa: la ciencia como espacio cultivado, como terreno que exige atención continuada, donde los frutos no caen del cielo sino que maduran lentamente, a veces durante generaciones, entre manos que no siempre son reconocidas.
Es un libro que se lee con la calma que exige quien quiere entender no solo qué se descubrió, sino cómo, por qué, en qué condiciones, y a qué precio. Un libro que confía en el lector y le pide algo a cambio: atención, curiosidad y una disposición a dejarse sorprender por los pliegues de la historia.
Sobre el autor: el físico que eligió contar
José Manuel Sánchez Ron (Madrid, 1949) es físico de formación e historiador de la ciencia por vocación declarada. Catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid, miembro de la Real Academia Española y de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, ha dedicado su carrera a tender puentes entre el conocimiento científico y la comprensión pública de ese conocimiento.
Antes de El jardín de Newton, Sánchez Ron ya había publicado obras fundamentales como Cincel, martillo y piedra. Historia de la ciencia en España (siglos XIX y XX) (1999) y, después, El país de los sueños perdidos. Historia de la ciencia en España (2020). Su posición es peculiar dentro del panorama intelectual español: un científico que escribe con la sensibilidad del humanista y un historiador que no renuncia al rigor del especialista. Esa doble condición le permite hacer algo que pocos logran: hablar de ecuaciones sin intimidar y de contextos sociales sin trivializar.
Su pertenencia a la Real Academia Española no es un dato accesorio. En El jardín de Newton, la preocupación por el lenguaje —por la precisión de las palabras, por la responsabilidad de nombrar bien las cosas— atraviesa el libro de principio a fin. No es un capricho estilístico. Es una convicción epistemológica: la ciencia no solo piensa con números; piensa con palabras, y esas palabras importan.
Análisis y contenido: episodios que iluminan un paisaje
La estructura del libro es episódica. Sánchez Ron no sigue una línea temporal rígida, sino que elige momentos, figuras y problemas que le permiten iluminar aspectos distintos de la empresa científica. Cada capítulo funciona como un ensayo autónomo, pero el conjunto dibuja un paisaje coherente: la ciencia como actividad humana, situada en el tiempo, condicionada por la política, la economía, la lengua y las ambiciones individuales.
Uno de los episodios más logrados es el dedicado a la relación entre Darwin y Wallace. Sánchez Ron reproduce la carta que Darwin escribió a Wallace cuando este último le envió un manuscrito que contenía, esencialmente, la misma teoría de la selección natural que Darwin llevaba años elaborando en privado. La carta es un documento extraordinario, no por lo que dice sobre la teoría, sino por lo que revela sobre la integridad intelectual. Darwin escribe: «No puedo decirle cuánto admiro su espíritu, el modo en que ha tomado todo lo que se ha hecho relativo a la publicación de nuestros artículos». Y confiesa con honestidad: «antes bien, odio la idea de escribir por conseguir la prioridad, sin embargo, por supuesto, me irritaría que alguien publicara mis doctrinas antes que yo». Sánchez Ron comenta con sequedad: «Integridad y respeto por la ciencia, se llama semejante actitud». Esa frase, breve y directa, contiene toda una ética. No es un juicio moral grandilocuente; es la constatación de que la ciencia, para funcionar, necesita personas capaces de admirar al rival sin destruirlo.
Otro de los hilos conductores del libro es la relación entre lenguaje y ciencia. Sánchez Ron dedica una atención particular a Lavoisier y su revolución en la nomenclatura química. La nueva química, explica, «necesitaba purificarse a través del lenguaje»: una lengua bien hecha, en la que se verificara el orden sucesivo y natural de las ideas, «ocasionará una revolución necesaria y aun pronta en el modo de enseñar». No se trataba solo de cambiar nombres; se trataba de cambiar la forma de pensar. Y aquí Sánchez Ron hace algo inesperado: conecta a Lavoisier con Pedro Salinas. Cita el ensayo Defensa del lenguaje, donde el poeta escribe: «El lenguaje es necesario al pensamiento, le permite cobrar conciencia de sí mismo. Y así se construye el objeto, en respuesta a la expectación del espíritu. El pensamiento hace el lenguaje, y al mismo tiempo se hace por medio del lenguaje». Esa conexión entre el químico que nombra los elementos y el poeta que defiende la lengua no es un adorno literario. Es el corazón del libro: la ciencia y la literatura comparten una misma raíz, que es la necesidad de nombrar con precisión lo que existe.
El libro también aborda la dimensión social de la ciencia, y lo hace sin ingenuidad. Hay un pasaje donde Sánchez Ron reflexiona sobre la celebridad científica: no es solo el descubrimiento lo que hace famoso a un científico, sino también «su personalidad y manifestaciones públicas, con frecuencia estimulantes y atractivas, cuando no ocurrentes y simpáticas». La fama científica, viene a decir, no es un reflejo puro del mérito intelectual; es también una construcción social, un relato que se ajusta a las expectativas de una época. La biografía de un gran científico, añade, «constituye, en efecto, un magnífico escaparate para contemplar y analizar mucho de lo más esencial, de lo mejor y de lo peor, de lo más humano».
La voz narrativa de Sánchez Ron es la del historiador que no se conforma con narrar. Lo dice explícitamente: «el historiador debe ser algo más que un narrador y notario de historias; debe aprovechar cualquier momento para intentar hacer mejores a quienes lo leen o escuchan, que así también será mejor él mismo». Esa frase, que podría sonar presuntuosa en otro autor, en Sánchez Ron suena a compromiso. No predica; señala. No impone una moraleja; ofrece un ejemplo y deja que el lector saque sus propias conclusiones.
El estilo es claro, medido, sin aspavientos. Sánchez Ron escribe como quien habla en un seminario: con precisión, con datos, con citas textuales que deja respirar, pero también con una ironía contenida que asoma en los momentos justos. No hay jerga innecesaria. No hay condescendencia hacia el lector. Hay una confianza tranquila en que, si se explican bien las cosas, el lector las entenderá.
Interpretación: la ciencia como proceso, no como monumento
Lo que El jardín de Newton propone, en su conjunto, es una manera de entender la ciencia que se opone tanto a la hagiografía como al escepticismo. Sánchez Ron no escribe para santificar a los científicos ni para desacreditarlos. Escribe para comprenderlos en su contexto, con sus grandezas y sus miserias, con sus intuiciones brillantes y sus errores persistentes.
Hay una frase que resume esa posición metodológica: «Ningún proceso histórico, y la ciencia lo es en un grado comparable a cualquier otro, se puede entender y reconstruir en base a unas normas independientes del tiempo y el espacio. El paso del tiempo, en especial, crea situaciones nuevas que alteran pautas, expectativas y posibilidades». Es una declaración de principios: la ciencia no flota en un vacío atemporal. Está condicionada por las instituciones que la sostienen, por las lenguas en que se expresa, por los poderes que la financian o la censuran, por las personas concretas que la hacen posible.
Esa perspectiva tiene consecuencias. Implica, por ejemplo, que no se puede juzgar la ciencia del pasado con los criterios del presente sin perder algo esencial. Implica también que la ciencia no avanza en línea recta, sino por caminos tortuosos, con retrocesos, con oportunidades perdidas, con descubrimientos que llegan antes de que haya herramientas para aprovecharlos. Y implica, sobre todo, que la ciencia es una conversación entre personas, no una sucesión de iluminaciones individuales.
El episodio de Darwin y Wallace es, en este sentido, paradigmático. Lo que está en juego no es solo quién publicó primero, sino cómo se comporta una comunidad científica cuando dos de sus miembros llegan al mismo lugar por caminos distintos. La respuesta de Darwin —admirar al rival, reconocer su prioridad, buscar una solución que no humille a ninguno de los dos— es un modelo de cómo debería funcionar la ciencia. Y la carta de Wallace, aceptando la situación sin resentimiento, es la otra mitad de ese modelo.
Hay también una reflexión implícita sobre la transmisión del conocimiento. Sánchez Ron cita a Condorcet, quien observa que la situación del estudiante de ciencias es menos ventajosa que la del niño que aprende por primera vez, porque a este «la naturaleza le suministra multiplicados medios para rectificar. Cualquier juicio que forme se ve a cada instante corregido por la experiencia». El estudiante de ciencias, en cambio, debe aceptar verdades que no puede verificar por sí mismo, confiar en una cadena de autoridad que se remonta generaciones atrás. Esa confianza, viene a decir Sánchez Ron, no es ciega: se sostiene en la integridad de quienes transmiten, en la honestidad de quienes citan, en la transparencia de quienes publican.
El libro puede leerse también como una meditación sobre la fragilidad del conocimiento. No de los conocimientos en sí —las leyes de Newton no van a desaparecer—, sino de las condiciones que los hacen posibles. Las instituciones, las lenguas, las redes de comunicación, la libertad para investigar y publicar: todo eso es frágil, todo eso puede perderse. Sánchez Ron lo sabe porque ha estudiado la historia de la ciencia en España, un país donde esas condiciones han sido, durante siglos, precarias. Pero en El jardín de Newton esa preocupación se formula de manera más universal: no como lamento nacional, sino como advertencia sobre la necesidad de cuidar el terreno donde la ciencia crece.
Valoración final: un libro que enseña a mirar
El jardín de Newton no es un libro que se lea de un tirón ni que se consuma como una novela. Es un libro para volver a él, para detenerse en un episodio y dejarlo madurar, para releer una cita de Darwin o un pasaje de Salinas y descubrir algo que la primera lectura no reveló. Esa es, en parte, su grandeza y también su exigencia: pide un lector dispuesto a la lentitud, a la atención, a la memoria.
Lo que aporta al lector actual no es una suma de datos sobre la historia de la ciencia —aunque los hay, y bien documentados—, sino una forma de mirar. Después de leer a Sánchez Ron, uno no puede seguir viendo la ciencia como un catálogo de verdades establecidas ni a los científicos como figuras de mármol sobre pedestales. Los ve como lo que fueron: personas que dudaron, que compitieron, que se equivocaron, que escribieron cartas a medianoche preguntándose si debían publicar o esperar, que eligieron palabras con el cuidado de quien sabe que esas palabras van a durar más que ellos.
En un momento en que la divulgación científica tiende hacia dos extremos —la simplificación extrema que banaliza y la espectacularización que convierte al científico en celebridad—, Sánchez Ron ofrece una tercera vía: la complejidad respetuosa, la narración que no renuncia al matiz, la confianza en que el lector puede seguir un argumento si se le presenta con claridad y sin condescendencia.
Y hay algo más, algo que trasciende el contenido específico del libro. Sánchez Ron escribe desde una posición que en España ha sido siempre minoritaria: la del científico que se toma en serio las humanidades, que lee poesía, que cita a Pedro Salinas junto a Lavoisier, que cree que la historia de la ciencia es también historia de la lengua, de las instituciones, de las personas que hacen posible que una idea pase de una mente a otra sin perderse por el camino. Esa posición, que no es la del especialista encerrado en su disciplina ni la del divulgador que simplifica para entretener, es quizá la más necesaria en un tiempo que tiende a separar lo que debería estar junto.
El jardín de Newton no es un jardín cerrado. Es un jardín que se cultiva cada día, con las manos manchadas de tierra, con la paciencia de quien sabe que no todos los frutos maduran al mismo tiempo. Sánchez Ron lo sabe. Y lo escribe como quien riega una planta: con cuidado, con constancia, con la certeza de que el crecimiento es lento pero real.
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