martes, 15 de septiembre de 2026

EL FUTURO ES HOY. ESPAÑA EN EL CAMBIO DE ÉPOCA, por JOSÉ MARÍA AZNAR

 


EL FUTURO ES HOY. ESPAÑA EN EL CAMBIO DE ÉPOCA, por JOSÉ MARÍA AZNAR




El futuro es hoy. España en el cambio de época, de José María Aznar

Introducción

El futuro es hoy. España en el cambio de época (Planeta, 2017) es un ensayo político firmado por quien fuera presidente del Gobierno de España entre 1996 y 2004. No es una memoria al uso, aunque contiene pasajes autobiográficos. No es un tratado de teoría política, aunque propone una lectura del liberalismo clásico como marco de referencia. No es un programa electoral, aunque formula juicios concretos sobre partidos, instituciones y reformas pendientes. Es, en realidad, algo más difícil de clasificar: la reflexión de un hombre que gobernó y que, retirado del poder ejecutivo, intenta dar sentido a un mundo que ya no responde a las coordenadas en las que se formó.
El libro llega en un momento particular de la política española: la irrupción de Ciudadanos como fuerza emergente, la erosión del bipartidismo, el debate sobre la reforma constitucional, la crisis del orden liberal internacional. Aznar escribe desde la posición de quien ya no tiene que ganar elecciones, pero no desde la de quien ha renunciado a intervenir en el debate público. Esa posición —la del expresidente que observa, diagnostica y prescribe sin la urgencia del cargo— condiciona profundamente el tono del libro: hay más libertad para el juicio, pero también una cierta distancia que el lector puede interpretar como lucidez o como desconexión, según su propia disposición.

Sobre el autor: el presidente que quiso ser intelectual

José María Aznar (Madrid, 1953) llegó a la presidencia del Gobierno tras una larga travesía por la política autonómica y nacional. Su mandato, de 1996 a 2004, estuvo marcado por la mayoría absoluta, la integración en el euro, la participación en la guerra de Irak y el final de su carrera política tras los atentados del 11 de marzo de 2004. Desde entonces, ha mantenido una presencia pública intermitente a través de la Fundación FAES, conferencias internacionales y publicaciones periódicas.
Lo relevante para este libro no es tanto la enumeración de sus cargos como la posición desde la que escribe. Aznar no es un académico que analiza la política desde fuera; es un político que intenta pensar la política desde dentro, con las herramientas del análisis y la distancia que da el tiempo. Eso le otorga una ventaja —conoce los mecanismos del poder, ha tomado decisiones, ha visto cómo se fabrican los consensos y cómo se rompen— y también una limitación: la dificultad de separar el diagnóstico del ajuste de cuentas, la reflexión de la justificación.
En El futuro es hoy, Aznar se presenta menos como el líder que fue y más como el lector que quiere ser: alguien que ha leído, que ha pensado, que tiene una tesis sobre el mundo y quiere exponerla. Esa voluntad de ser tomado en serio como intelectual, no solo como expolítico, atraviesa el libro de principio a fin y es, a la vez, su ambición más visible y su punto más vulnerable.

Análisis y contenido: un diagnóstico con recetas

El libro se estructura como una sucesión de reflexiones que van de lo general a lo particular: del estado del orden internacional a la situación concreta de España, de la crisis del liberalismo a la reforma constitucional, de la educación a la cultura, del liderazgo a la sociedad. No sigue una progresión narrativa estricta; funciona más bien como una serie de ensayos temáticos unidos por una voz común y una tesis de fondo: que el orden liberal está en crisis y que esa crisis exige una respuesta que no puede ser ni la nostalgia ni la rendición, sino la reafirmación de unos principios que Aznar considera válidos y urgentes.
La tesis central se formula con claridad desde el inicio: «Mi propuesta es abordar la crisis del orden liberal desde una posición liberal y desde la reivindicación de las ideas, valores y políticas liberales que nadie representa mejor que la alianza transatlántica». No es una tesis original —la defensa del liberalismo frente al populismo y el autoritarismo es un lugar común del pensamiento político contemporáneo—, pero Aznar la enuncia con la convicción de quien la ha practicado desde el poder. «Dar sentido a una serie de incómodos cambios económicos y perturbadores acontecimientos políticos es una tarea titánica», añade, y en esa palabra —titánica— hay una admisión implícita de que el terreno es difícil, de que las certezas de antaño ya no bastan.
Uno de los pasajes más interesantes del libro es el dedicado al liderazgo y sus trampas. Aznar describe un fenómeno que conoce de primera mano: la soledad del poder, la tendencia a creer que se sabe más que los demás, la incapacidad de escuchar cuando uno se ha acostumbrado a decidir. «En ese momento eres incapaz de hacer el ejercicio de liderazgo activo que requiere la política, y eso mismo te lleva a cometer algunos errores que en otro momento no habrías cometido. Dejas pasar cosas que no hubieras dejado pasar o nombras como ministro a alguien por otras razones que antes no tenías en la cabeza. Te concentras en lo esencial y tiendes a prescindir de lo que consideras accesorio, y eso, políticamente, es un error». Hay aquí una honestidad poco frecuente en la literatura política española. No es una confesión dramática ni una disculpa; es la descripción fría de un mecanismo psicológico que el autor reconoce en sí mismo. Esa capacidad de autocrítica, aunque sea parcial, distingue el libro de la mayoría de las memorias presidenciales, que tienden a la autojustificación.
El tratamiento de la reforma constitucional es otro de los ejes del libro. Aznar se refiere al informe del Consejo de Estado como «el examen más exhaustivo y más afinado sobre la reforma constitucional, suponiendo que esta debiera hacerse», y menciona su voto particular sobre ese documento. No es un pasaje técnico ni árido; es una reflexión sobre los límites del consenso y sobre la pregunta de hasta dónde puede llegar la flexibilidad constitucional sin poner en riesgo la unidad del marco común. «Asumimos las exigencias recíprocas del consenso y la convivencia, y nosotros hemos hecho nuestra parte. Lo que no debemos asumir es el precio de la deslealtad», escribe. Esa frase condensa una posición política que puede discutirse, pero que está formulada con una claridad que no admite ambigüedad.
El libro dedica también espacio a la educación y la universidad, y lo hace con una mezcla de diagnóstico y frustración. «La autonomía universitaria está muy bien, pero ¿qué significa esa autonomía en instituciones que son creadas y mantenidas con dinero público y que deben responder también a exigencias de rendición de cuentas?», pregunta. No es una pregunta retórica; es una objeción concreta a un modelo que, en su opinión, confunde independencia con opacidad. Aznar no propone una solución detallada —no es ese el formato del libro—, pero señala el problema con la precisión de quien lo ha visto desde dentro.
El estilo del libro es directo, afirmativo, a veces tajante. Aznar escribe como habla en sus intervenciones públicas: con frases cortas, con afirmaciones que no buscan el matiz sino la claridad, con una tendencia a la enumeración que a veces roza lo catequístico. «Tener ideas, tener valores, tener coraje, defender las instituciones, respetar el principio de autoridad y asumir las responsabilidades». Esa frase, con su ritmo de lista y su acumulación de infinitivos, es representativa del tono general: no es prosa literaria, no busca la belleza ni la sorpresa; busca la convicción, el asentimiento, la adhesión.
Hay también un pasaje que revela la conciencia del autor sobre los límites de la comunicación política: «Hay que recuperar el respeto por los contenidos en la acción política, por la sustancia, por el fondo. El culto a la comunicación esconde grandes vacíos y algún gran tópico». Es una frase que, viniendo de quien viene, tiene un doble filo. Puede leerse como una crítica genuina a la superficialidad del debate público, pero también como una justificación implícita de un estilo político que privilegió la gestión sobre la comunicación, la decisión sobre el consenso. Aznar no resuelve esa tensión; la deja abierta, y es el lector quien debe decidir de qué lado cae.

Interpretación: el liberalismo como fe y como duda

Lo que El futuro es hoy propone, en su nivel más profundo, no es un programa político concreto sino una forma de entender la política. Aznar defiende lo que él llama «liberalismo clásico», y lo define por oposición: «No en dogmas o ideologías, sino en la claridad moral». Esa distinción entre dogma y claridad moral es significativa. Sugiere que el liberalismo, tal como Aznar lo entiende, no es una ideología cerrada sino una disposición: la disposición a defender las instituciones, a respetar la autoridad legítima, a asumir responsabilidades, a no ceder ante la presión del populismo o del relativismo.
Conviene señalar que esa definición es discutible. El liberalismo, como tradición intelectual, ha sido muchas cosas a la vez: una teoría del Estado limitado, una defensa de los derechos individuales, una filosofía de la tolerancia, una economía de mercado. Reducirlo a «claridad moral» es una operación retórica que simplifica la tradición y la convierte en algo más cercano a una ética personal que a un cuerpo doctrinal. Aznar lo hace consciente de ello —de ahí la insistencia en que no se trata de «dogmas o ideologías»—, pero esa simplificación tiene consecuencias: convierte el liberalismo en una actitud antes que en un argumento, y las actitudes son más difíciles de discutir que los argumentos.
El contexto sociocultural del libro es el de una España que en 2017 atravesaba una crisis múltiple: la erosión del bipartidismo, el desafío independentista catalán, la desconfianza hacia las instituciones, la irrupción de nuevas fuerzas políticas. Aznar escribe desde la convicción de que esa crisis no es solo española, sino global: «El desafío es inmenso porque los cimientos de nuestras sociedades se están tambaleando, mientras el orden internacional amenaza con fragmentarse». Esa lectura —la crisis como fenómeno sistémico, no como anomalía local— es probablemente el aspecto más lúcido del libro. Sitúa los problemas españoles en un marco más amplio y evita la tentación de reducirlos a una cuestión de partidos o de personas.
El libro puede leerse también como un intento de Aznar por reposicionarse en el debate público. Tras años de silencio relativo y de presencia intermitente, El futuro es hoy es una declaración de intenciones: el expresidente quiere seguir siendo relevante, quiere que sus ideas sean escuchadas, quiere que su experiencia cuente. Esa voluntad es legítima, pero también condiciona el texto: hay momentos en que el libro parece más una carta de presentación que una reflexión desinteresada, más un recordatorio de que Aznar sigue ahí que una contribución genuina al debate.
Un aspecto que conviene destacar es la referencia a Ciudadanos como «un partido emergente» con «un recorrido grande». Esa observación, escrita en 2017, tiene hoy un valor casi arqueológico: Ciudadanos, que entonces parecía llamado a renovar el centro político español, ha desaparecido prácticamente del mapa electoral. El libro captura un momento preciso de la política española, y esa precisión temporal es a la vez su fuerza y su limitación. Lo que era un análisis vigente se ha convertido, en pocos años, en un testimonio de época.

Valoración final: un libro que se lee con el ceño fruncido

El futuro es hoy no es un libro que busque la adhesión emocional del lector. No hay en él la calidez de la memoria íntima ni la seducción de la prosa literaria. Es un libro de ideas, a veces esquemáticas, a veces agudas, siempre formuladas con la seguridad de quien está acostumbrado a que sus palabras tengan consecuencias. Se lee con el ceño fruncido: se asiente, se discrepa, se matiza, se vuelve atrás para comprobar si uno ha entendido bien.
Lo que aporta al lector interesado en la política española es una perspectiva que no abunda: la de un expresidente que intenta pensar su época sin la presión del cargo, que formula juicios sobre partidos e instituciones sin tener que ganar elecciones al día siguiente. Esa libertad tiene un precio —la distancia con la realidad cotidiana, la tendencia a la generalización, la dificultad de conectar con un electorado que ya no es el suyo—, pero también una ventaja: la posibilidad de decir cosas que un político en activo no puede decir sin comprometer su posición.
El libro tiene limitaciones evidentes. No es profundo en el sentido filosófico del término; no propone una teoría original sobre el liberalismo ni sobre la crisis del orden internacional. No es autocrítico en el sentido pleno; los pasajes de reconocimiento de error son escasos y nunca llegan al fondo de las decisiones más controvertidas del mandato de Aznar. No es, en definitiva, un libro que cambie la forma de entender la política española; es un libro que confirma una posición y la argumenta con los medios disponibles.
Pero tiene también virtudes que no deben ignorarse. La claridad expositiva, la capacidad de síntesis, la voluntad de nombrar los problemas sin rodeos, la honestidad parcial sobre los mecanismos del poder: todo eso hace del libro un documento útil para quien quiera entender cómo piensa un sector de la derecha española, cómo se formula su diagnóstico de la crisis, qué soluciones propone y qué límites tiene su imaginación política.
En un panorama editorial saturado de memorias presidenciales que oscilan entre la autojustificación y el ajuste de cuentas, El futuro es hoy ocupa un lugar intermedio: no es tan autocomplaciente como podría ser, ni tan autocrítico como debería. Es, en el fondo, lo que su título promete: un intento de decir que el futuro no es una abstracción, que se decide hoy, y que quienes han gobernado tienen la obligación de seguir pensando en él, aunque ya no tengan el poder para decidirlo. Esa convicción —que el pensamiento político no se jubila con el cargo— es quizá lo más respetable del libro. Y también lo más discutible, porque pensar desde fuera del poder no garantiza la lucidez; a veces solo garantiza la distancia.



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