Luis Buñuel: El rastro de una pluma tras el párpado blanco
Existe una leyenda, alimentada en gran medida por el propio protagonista, que dibuja a Luis Buñuel como un hombre ajeno a la disciplina de la mesa de trabajo, un creador casi ágrafo que detestaba el acto físico de escribir y que prefería la mediación de la máquina de escribir o el dictado a colaboradores. Sin embargo, la publicación de sus escritos completos, editados con rigor por Manuel López Villegas y prologados por su fiel guionista Jean-Claude Carrière, viene a desmantelar este mito para revelarnos a un escritor fantasma, una voz literaria potente y singular que habitaba tras la inmensa sombra de su cámara. El libro titulado Escritos de Luis Buñuel no es solo una recopilación de papeles dispersos, sino el mapa genético de un genio que, antes de hacer saltar el universo con el párpado blanco de la pantalla, ya lo había hecho estallar en cuartillas llenas de una ironía oscura, un erotismo sagrado y una honestidad brutal que no conocía fronteras ni regímenes.
La relevancia de esta obra radica en que permite asistir al nacimiento y maduración de una sensibilidad que marcó el siglo veinte. A través de sus páginas, el lector descubre que Buñuel no fue un cineasta que recurrió al surrealismo como una moda impuesta, sino que poseía una predisposición natural hacia lo onírico y lo subversivo mucho antes de pisar París. El contenido del libro se despliega como un abanico cronológico y temático que abarca desde los diarios de un adolescente en la Calanda de 1913 hasta las reflexiones terminales de un anciano en Ciudad de México en 1980. En este trayecto, el libro agrupa textos autobiográficos, conferencias, críticas cinematográficas de una lucidez técnica asombrosa, poemas vanguardistas, una obra de teatro y proyectos de películas que nunca llegaron a filmarse pero que laten con una fuerza visual casi táctil.
La premisa central que atraviesa toda la colección es la búsqueda de un lenguaje de signos capaz de trastornar lo real. No hay aquí un hilo narrativo único, sino un conflicto central permanente: la lucha del individuo contra las convenciones de una sociedad que busca oprimirlo y degradarlo. Los personajes que pueblan estos escritos —desde el ciego de las tortugas hasta el propio Buñuel desdoblado en sus memorias— son seres que caminan por el filo de la paradoja. El libro nos presenta a un Buñuel múltiple que es, a la vez, el niño que estornuda con polvos de euforia en el día de los Inocentes y el intelectual que analiza con precisión quirúrgica el montaje de una película de Buster Keaton. El conflicto se manifiesta en su relación con la religión, definida por esa frase ya eterna de ser católico y ateo gracias a Dios, y en su obsesión con la muerte, que no aparece como un fin, sino como una compañera de viaje presente en cada rincón de su iconografía, desde las carnicerías de los sueños hasta las procesiones de Semana Santa.
Lo más destacado de este conjunto de textos es, sin duda, la capacidad de Buñuel para observar el mundo a través de las palabras como si lo hiciera a través de un objetivo de gran angular. Su estilo es directo, a menudo sarcástico, pero siempre impregnado de una secreta atracción por el melodrama y lo popular. El ritmo de los escritos varía según la materia: es vertiginoso en sus poemas de vanguardia, donde las imágenes se suceden como disparos, y pausado y reflexivo en sus textos sobre el cine como instrumento de poesía. La ambientación de la obra nos traslada a una España medieval y profunda, a la efervescente Residencia de Estudiantes de Madrid donde convivió con Lorca y Dalí, y al París de las vanguardias, para terminar en el retiro voluntario de una vejez que observa con pesimismo el galope de los jinetes del Apocalipsis: la superpoblación, la ciencia deshumanizada y el exceso de información. Lo que diferencia a estos escritos de otras memorias de cineastas es su falta absoluta de narcisismo; Buñuel se autodescarta como escritor por puro pudor, calificando sus textos de "fracasos" o curiosidades biográficas, mientras que para el lector resultan ser piezas maestras de una literatura de la crueldad y la belleza.
Sobre el autor, es imperativo recordar que Luis Buñuel nació con el siglo, en 1900, y que su formación con los jesuitas marcó sus dos sentimientos básicos: un profundo erotismo y una conciencia permanente de la muerte. Su trayectoria es la de un hombre que buscó el arte y las letras antes que el cine, estudiando Filosofía y Letras y frecuentando a la generación sin nombre que optó por la vanguardia más extrema. Fue el encuentro con el cine en París lo que le reveló su verdadero camino, pero nunca abandonó la pluma. Sus temas recurrentes —los insectos, las manos cortadas, los pies, las campanas, las herejías y los burgueses atrapados en sus propias convenciones— están todos presentes en estos textos juveniles y de madurez. Buñuel, el cineasta que recibió el reconocimiento mundial y el León de Oro, es inseparable del Buñuel que escribía críticas en revistas minoritarias y que se sentía avergonzado ante las fachadas de los cines comerciales de la Gran Vía.
Un aspecto fascinante del libro es el bloque dedicado a la crítica cinematográfica. En estos artículos, escritos en su mayoría antes del estreno de Un perro andaluz, Buñuel demuestra una comprensión técnica que desmiente su supuesta indiferencia por el oficio. Analiza el découpage, el plano fotogénico y el ritmo con una profundidad que hoy sigue siendo válida. Su defensa de la asepsia y vitalidad del cine americano de Buster Keaton frente al sentimentalismo europeo de Emil Jannings revela su compromiso con un cine puro, despojado de literatura y teatro, aunque paradójicamente lo hiciera a través de una escritura de altísimo vuelo literario. Es en estas críticas donde Buñuel sienta las bases de lo que sería su propia obra: el cine como un arma maravillosa y peligrosa manejada por un espíritu libre.
El volumen se completa con proyectos que nos permiten imaginar las películas que Buñuel "escribió" en su cabeza pero no pudo o no quiso rodar. El guion de Hamlet, representado solo una vez en un café de Montparnasse, o las "Alucinaciones en torno a una mano muerta", nos muestran que su imaginación no necesitaba de la luz del proyector para ser efectiva. El texto de "Una jirafa", escrito en menos de una hora para una revista surrealista, es quizá el ejemplo máximo de su capacidad para crear objetos poéticos cargados de una simbología perturbadora, donde cada mancha del animal oculta un universo de deseos y blasfemias.
La valoración final de esta obra es que estamos ante un documento imprescindible no solo para los cinéfilos, sino para cualquier amante de la literatura de vanguardia y de la historia del pensamiento del siglo veinte. Escritos de Luis Buñuel gustará a los lectores que buscan la verdad tras los mitos, a quienes disfrutan de la prosa punzante y a aquellos que se interesan por la génesis de la creatividad. Su mayor virtud es la de rescatar al hombre de carne y hueso que hay detrás del genio, un hombre que se aburría por las tardes, que anotaba los nombres de sus amigos muertos en un cuaderno y que deseaba levantarse de la tumba cada diez años solo para comprar los periódicos y conocer los nuevos desastres del mundo. Es, en última instancia, el testamento de un espíritu que nunca dejó de ser un niño de Calanda fascinado por el misterio de la vida, la sombra de un ciprés y la posibilidad de que un milagro fuera, en realidad, un simple molino de viento.


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