ESPAÑA. LA NACIÓN INACABADA, por JOSÉ MARÍA CARRASCAL
España, esa obra siempre en construcción: Carrascal y el enigma de una identidad que no cuaja
Hay libros que pretenden resolver un misterio y otros que, con mayor honestidad, se limitan a formularlo con precisión quirúrgica. España. La nación inacabada, publicado por José María Carrascal en 2004, pertenece a esta segunda estirpe, aunque su autor no renuncia a señalar un diagnóstico. La pregunta que vertebra sus más de quinientas páginas es tan sencilla como escurridiza: ¿es España una nación? No un Estado, que eso nadie lo discute, ni siquiera quienes lo combaten, sino una nación moderna, entendida como un cúmulo de voluntades libremente asociadas, un sentido de pertenencia a algo superior, unos ideales compartidos y un destino común aceptado por todos. Carrascal recorre veinte siglos de historia peninsular para demostrar que ese proyecto nunca se completó, que la nación española existe como hecho geográfico, como realidad histórica y como identidad cultural perceptible desde fuera, pero carece del ingrediente definitivo que la convertiría en una nación plena: la adhesión consciente y entusiasta de sus ciudadanos a un destino compartido.
El libro arranca con una distinción conceptual que resulta fundamental para todo lo que viene después. Carrascal separa con claridad el Estado, definido desde Weber como el monopolio legítimo de la fuerza en un territorio, de la nación moderna, que nace de la revolución, de la lucha contra el absolutismo, del tránsito de súbdito a ciudadano. España posee lo primero desde hace siglos. Lo segundo, argumenta el autor, nunca terminó de fraguar. Y la razón de fondo es una: España no participó en la Reforma protestante, que Carrascal identifica como la primera gran revolución moderna, sino que capitaneó la Contrarreforma. No tuvo revolución, sino alzamientos. No tuvo liberación, sino restauraciones. Esa ausencia de un crisol revolucionario propio impidió que los españoles se hermanaran en torno a unos ideales comunes forjados en la lucha, como ocurrió en Francia, Inglaterra o Estados Unidos.
A partir de esa premisa, el autor despliega un recorrido histórico que abarca desde los pueblos prerromanos hasta el Plan Ibarretxe, pasando por la romanización, el reino visigodo, la Reconquista, los Reyes Católicos, el imperio de los Austrias, la llegada de los Borbones, la guerra de la Independencia, el siglo XIX de las dos Españas, la Restauración, la dictadura de Primo de Rivera, la República, la guerra civil, el franquismo y la Transición. No se trata de un manual de historia al uso, sino de una lectura selectiva y argumentada donde cada época se examina bajo una única lente: ¿avanzó España hacia la nación o se alejó de ella? La respuesta, casi siempre, es la segunda. Los Reyes Católicos lograron la unión formal de sus reinos, pero mantuvieron leyes, cortes y costumbres separadas. Carlos V y Felipe II sacrificaron la nación al imperio, desangrando a Castilla en guerras europeas que nada tenían que ver con los intereses peninsulares. Los Borbones del siglo XVIII intentaron modernizar el país, pero la Revolución francesa les cortó el camino. La guerra de la Independencia, que pudo haber sido el gran momento fundacional, fue liderada por curas e hidalgos reaccionarios que expulsaron al invasor pero preservaron intacto el Antiguo Régimen. La Constitución de Cádiz de 1812, una de las más avanzadas de su tiempo, nació sin raíces populares y fue derogada en cuanto Fernando VII cruzó la frontera.
Carrascal dedica especial atención al siglo XIX, donde identifica la fractura definitiva: dos Españas irreconciliables, una que cree solo en el ayer y otra que lo rechaza de plano, que se suceden en el poder a golpe de pronunciamiento y se persiguen mutuamente. La desamortización no creó una clase media agraria, sino un neolatifundismo más egoísta. La industrialización se concentró en Cataluña y el País Vasco, generando allí burguesías propias que pronto reclamarán su propia identidad nacional frente a una España que no les ofrece un proyecto atractivo. La Restauración de Cánovas fue un combate amañado que duró medio siglo pero no resolvió nada. La República intentó la revolución burguesa sin burgueses y fue desbordada por la proletaria. Franco creó un Estado autoritario, modernizó la economía en sus últimos años, pero jamás construyó una nación: su España era la de una mitad contra la otra, y a su muerte el nacionalismo español quedó tan desprestigiado que su vacío fue llenado por los nacionalismos periféricos.
Los últimos capítulos analizan el Estado de las Autonomías surgido de la Constitución de 1978 y los tres nacionalismos históricos. Carrascal describe el catalán como esencialmente cultural y lingüístico, el vasco como telúrico, racial y victimista, alimentado por la leyenda más que por la historia, y el gallego como nacido de la tierra y la saudade, más quejoso que excluyente. En los tres casos señala la misma contradicción: el nacionalismo es diferencia, mientras el mundo camina hacia el mestizaje. Y en los tres observa la misma dinámica: la autonomía como estación de paso, nunca como destino final, porque el sueño de todo nacionalista es crear una nación y, a ser posible, un Estado propios.
Lo que distingue este libro de otros ensayos sobre el ser de España es el tono. Carrascal no escribe desde la cátedra ni desde la trinchera ideológica, sino desde el periodismo de largo recorrido, con una prosa conversacional que admite el humor, la ironía y la digresión personal. Cuenta cómo en su infancia leonesa presenciaba los concejos abiertos en el atrio de la iglesia, evoca la figura de su abuelo, cita a Marx, a Ortega, a Domínguez Ortiz y a Vicens Vives con la naturalidad de quien ha leído mucho y no necesita ostentarlo. El ritmo es ágil, los capítulos se leen como artículos de fondo encadenados, y el autor no teme simplificar cuando la simplificación ilumina, aunque siempre advierte de que lo hace a grandes rasgos. Hay también una valentía poco frecuente: Carrascal critica por igual a la derecha que acaparó el nacionalismo español y a la izquierda que, por rechazo a esa apropiación, terminó facilitando los nacionalismos internos. No ahorra reproches a Felipe II ni a Franco, pero tampoco a las juntas de la Independencia ni a los políticos de la Restauración.
José María Carrascal nació en El Vellón, Madrid, en 1930, y falleció en 2023. Periodista desde muy joven, desarrolló una carrera que abarcó la prensa escrita, la radio y la televisión, donde se convirtió en uno de los rostros informativos más reconocibles de la Transición y la democracia. Corresponsal en Nueva York durante años, observó desde fuera la realidad española con una distancia que luego volcó en sus ensayos. Ganó el Premio Planeta en 1972 y el Premio Mariano de Cavia de periodismo, entre otros reconocimientos. Su obra ensayística gira en torno a la identidad española, la política internacional y la reflexión sobre el papel de España en el mundo, siempre con un estilo divulgativo que huye del academicismo sin renunciar al rigor. España. La nación inacabada es la culminación de esa obsesión: un libro que condensa décadas de lectura, observación y debate en una tesis clara, documentada y expuesta sin dogmatismo.
Gustará a quienes buscan comprender por qué el debate territorial español parece no cerrarse nunca, a quienes desconfían tanto del nacionalismo centralista como del periférico y a quienes prefieren la historia contada con voz propia antes que la enumeración aséptica de fechas y tratados. Su mayor virtud no es la originalidad de los datos, que en buena medida proceden de la historiografía consolidada, sino la capacidad de síntesis, la coherencia del argumento y la honestidad de un autor que, tras quinientas páginas de recorrido, admite no tener la solución. España sigue inacabada, escribe al final. Y añade que hacerla es tarea de todos los españoles, no solo de los políticos. Que el éxito del proyecto común dependerá de que cada ciudadano sienta como propio el seny catalán, la sobriedad castellana, la gracia andaluza y la cautela gallega. Que solo el éxito exterior, la prosperidad, la libertad y la cultura compartidas pueden hacer deseable la pertenencia. Es un cierre modesto para un libro ambicioso, y esa modestia, paradójicamente, es lo que lo hace creíble.


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