jueves, 10 de septiembre de 2026

AMOR, por ISABEL ALLENDE

 


AMOR, por ISABEL ALLENDE


El amor según Isabel Allende: un mapa íntimo de la pasión, la ternura y el tiempo
Hay libros que se escriben para contar una historia y otros que se arman para celebrar una obsesión. Amor, la recopilación que Isabel Allende publicó en 2011 bajo el sello Plaza & Janés, pertenece a esta segunda categoría, aunque con una particularidad que lo eleva por encima de la mera antología: no se trata de una selección fría de pasajes célebres, sino de un recorrido autobiográfico y literario donde la autora chilena entrelaza sus propias memorias sexuales y sentimentales con las escenas más encendidas de sus novelas. El resultado es un volumen que funciona como confesión, como taller de escritura y como invitación a releer una obra vasta desde el ángulo más universal y persistente de la experiencia humana. La idea original no fue suya, sino de sus editores alemanes, Jürgen Dormagen y Corinna Santacruz, quienes le propusieron reunir las escenas de amor dispersas en sus libros. Allende confiesa que su primera reacción fue el pánico: fuera de contexto, temía, aquellos fragmentos podían parecer cursis o repetitivos. Sin embargo, al revisarlos con la ayuda de sus editores, descubrió que juntos trazaban una cartografía emocional coherente, un arco que va del asombro infantil a la serenidad de la vejez compartida.
El libro se organiza en nueve capítulos temáticos que siguen, grosso modo, la cronología del deseo: el despertar, el primer amor, la pasión, los celos, los amores contrariados, el humor erótico, la magia, el amor durable y la madurez. Cada sección se abre con un texto introductorio donde Allende habla en primera persona, sin pudor y con un humor que desarma cualquier solemnidad. Cuenta cómo a los cinco años se tragó una muñeca de baquelita y creyó estar embarazada, cómo un sacerdote la reprendió por tocarse el cuerpo con las manos durante la preparación para la primera comunión, cómo leyó al Marqués de Sade a los nueve años sin entender casi nada, cómo en el Líbano devoraba Las mil y una noches a escondidas del armario de su padrastro. Estas memorias no son mero adorno: establecen el tono del libro entero, que oscila entre la carcajada y la melancolía, entre la picardía y la reflexión honda sobre lo que significa amar a lo largo de una vida.
Los pasajes novelísticos provienen de casi toda su bibliografía: La casa de los espíritus, Eva Luna, Cuentos de Eva Luna, Hija de la fortuna, Retrato en sepia, Inés del alma mía, La isla bajo el mar, El plan infinito, De amor y de sombra, El Zorro y La suma de los días. Aparecen Blanca Trueba cruzando desnuda un campo de mastines para llegar a Pedro Tercero; Eliza Sommers amando a Joaquín Andieta entre cortinas de cretona en una casa helada de Valparaíso; Inés de Suárez enseñándole a Pedro de Valdivia que a puerta cerrada manda ella; Violette Boisier despojando de su uniforme al capitán Relais con la parsimonia de una ceremonia; Nívea del Valle deslizándose cada noche en la cama de su marido amputado mientras una monja dormita a tres metros; Alba y Miguel inventando un paraíso en el sótano de la casa familiar. Cada escena está elegida no solo por su intensidad erótica, sino por lo que revela del vínculo entre los personajes, del contexto histórico que los constriñe y de la forma en que el deseo se transforma con los años.
Lo que distingue a Amor de otras antologías de escenas eróticas es la voz de Allende entre los fragmentos, una voz que reflexiona sobre su oficio con una honestidad poco frecuente. Explica que para ella la diferencia entre erotismo y pornografía reside en que el primero contiene sentimientos y una historia, mientras que la segunda es copulación mecánica. Afirma que el sexo sin conexión emocional la aburre, que necesita humor, conversación y simpatía más allá de las sábanas. Reconoce que la magia de su oficio le permite vivir las vidas de sus protagonistas y que el placer de describir un encuentro erótico supera con creces el placer de vivirlo, porque al escribir lo comparte con sus lectores. También aborda temas espinosos con franqueza: la represión sexual de su generación en el Chile católico y conservador, la hipocresía de una sociedad que exigía castidad a las mujeres y toleraba la infidelidad masculina, el impacto del sida en la liberación de los años ochenta, la dificultad de mantener el deseo cuando el cuerpo envejece. En el capítulo final, dedicado a la madurez, Allende habla de su matrimonio con Willie, de cómo ambos se miraron desnudos en el espejo del baño y no reconocieron a esos viejitos intrusos, y de su empeño en no sustituir la sensualidad por la mera compañía.
El estilo del libro hereda las virtudes que han hecho célebre a Allende: una prosa sensorial que apela al olfato, al tacto y al gusto tanto como a la vista; un ritmo que alterna la frase larga y envolvente con el golpe seco del diálogo; una inclinación por el detalle concreto que ancla lo extraordinario en lo cotidiano. Pero aquí se suma un registro nuevo, el de la memoria personal sin filtro, que aporta una calidez distinta a la de sus novelas. Cuando recuerda su reportaje sobre una mujer infiel que escandalizó al Chile de los sesenta, o su aparición televisiva disfrazada de corista con plumas de avestruz, o el momento en que descubrió un manual sexual forrado en papel marrón en el cuarto de su hijo adolescente, el lector siente que está escuchando a una amiga contar sus secretos entre copas de vino.
Isabel Allende nació en Lima en 1942, de nacionalidad chilena, y trabaja como periodista y escritora desde los diecisiete años. La casa de los espíritus, publicada en 1982, la situó en la cúspide de la narrativa latinoamericana y abrió una trayectoria que no ha dejado de crecer en prestigio y alcance. Su obra abarca novelas históricas, memorias, ensayos, literatura juvenil y relatos cortos, siempre atravesados por temas que aquí se hacen evidentes: la fuerza de las mujeres frente a estructuras patriarcales, la mezcla de realismo y fantasía heredada de su abuela espiritista, la convicción de que el amor y la memoria son las únicas herramientas contra el olvido y la muerte. La sombra de su hija Paula, fallecida joven, sobrevuela varios pasajes del libro, especialmente cuando Allende corrige una frase escrita en 1987 y admite que el sentimiento más poderoso no es el miedo, sino el amor.
Amor es un libro para lectores que disfrutan de la sensualidad bien escrita sin necesitar tramas policiales ni giros de suspenso. Gustará a quienes ya conocen la obra de Allende y quieren revisitarla desde una mirada temática, pero también a quienes se acercan por primera vez y buscan una puerta de entrada cálida, variada y generosa a su universo narrativo. Su mayor virtud reside en la naturalidad con que convierte lo íntimo en compartido: cada escena de ficción viene precedida por una confesión personal que la despoja de artificio, y cada reflexión sobre el deseo viene ilustrada por un fragmento donde ese deseo se encarna en personajes concretos, con nombres, olores y cicatrices. No es un libro perfecto —algunos pasajes, aislados de sus novelas originales, pierden parte de su fuerza contextual—, pero como experiencia de lectura continua funciona como un largo paseo por las habitaciones del corazón humano, con una anfitriona que no deja de reírse, incluso cuando habla de lo que más duele.




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