EL PAÍS DE LOS SUEÑOS PERDIDOS. HISTORIA DE LA CIENCIA EN ESPAÑA, por JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON
El país de los sueños perdidos. Historia de la ciencia en España, de José Manuel Sánchez Ron
Un espejo roto que aún refleja
Hay libros que se escriben para celebrar una grandeza y libros que se escriben para entender una ausencia. El país de los sueños perdidos. Historia de la ciencia en España, de José Manuel Sánchez Ron, pertenece a esta segunda estirpe, la más difícil y la más necesaria. Publicado por la editorial Taurus hacia 2020, este voluminoso ensayo histórico no pretende erigir un monumento a la ciencia española ni redactar una elegía por sus fracasos. Lo que hace, con una paciencia que roza lo obstinado, es recorrer los caminos —ásperos y torcidos, como advierte el verso de León Felipe que abre sus páginas— por los que el conocimiento científico intentó abrirse paso en un país que, durante siglos, no supo muy bien qué hacer con él.
El título ya contiene una declaración de intenciones. No habla de logros ni de decadencias, sino de sueños perdidos: proyectos que no cuajaron, instituciones que no llegaron a consolidarse, voces que se apagaron antes de ser escuchadas. Es un título melancólico, sí, pero no derrotista. Porque un sueño perdido no es un sueño inexistente, y Sánchez Ron se empeña, página tras página, en rescatar esos destellos de ambición intelectual que brillaron, a veces con fuerza sorprendente, en medio de la indiferencia o la hostilidad.
Sobre el autor: un físico que aprendió a contar historias
José Manuel Sánchez Ron es, ante todo, físico e historiador de la ciencia. Su formación científica le otorga una comprensión técnica de los asuntos que trata que no siempre poseen los historiadores de formación puramente humanística. Pero lo que distingue su trabajo es la convicción, cultivada a lo largo de décadas de investigación y divulgación, de que la historia de la ciencia no puede escribirse como una sucesión de ecuaciones y descubrimientos despojados de carne humana.
Antes de este libro, Sánchez Ron ya había publicado obras fundamentales como Cincel, martillo y piedra. Historia de la ciencia en España (siglos XIX y XX) (1999), así como numerosos estudios sobre figuras como Santiago Ramón y Cajal, Blas Cabrera o Leonardo Torres Quevedo. Su vinculación con la Residencia de Estudiantes y con la tradición historiográfica de Juan Vernet, José María López Piñero y Pedro Laín Entralgo lo sitúa en una línea de pensamiento que entiende la ciencia como fenómeno cultural, inseparable de la política, la economía y las mentalidades de cada época.
En el prólogo de El país de los sueños perdidos, el autor dedica el libro a sus nietos, Violeta y Tobías, «para que les ayude a recordarme. Y, acaso, a comprender mejor el país en el que nacieron». Esa dedicatoria, aparentemente íntima, revela la verdadera naturaleza del proyecto: no estamos ante un tratado académico dirigido a especialistas, sino ante un acto de transmisión, una carta larga dirigida a las generaciones que vendrán, con la esperanza de que entiendan de dónde vienen y por qué el suelo que pisan tiene la forma que tiene.
Un recorrido por trece siglos de luces y sombras
El libro abarca un arco temporal inmenso: desde el siglo VII, cuando Isidoro de Sevilla compiló sus Etimologías —esa enciclopedia del saber antiguo que durante siglos fue el principal vehículo de conocimiento en la Europa cristiana—, hasta la promulgación de la llamada Ley de la Ciencia en el siglo XXI. Entre ambos extremos, Sánchez Ron despliega un relato que no es lineal ni pretende serlo. Su estructura responde más bien a una lógica de constelaciones: capítulos dedicados a épocas, figuras o problemas concretos que se iluminan mutuamente sin seguir una progresión rígida.
El primer capítulo, «El país de las tres culturas», establece el tono. La España medieval, con su convivencia —tensa, imperfecta, a veces violenta— de tradiciones cristiana, musulmana y judía, ofrece un panorama científico que no puede reducirse a ninguna de esas tradiciones por separado. La astronomía andalusí, las traducciones, la medicina, la botánica: todo ello forma parte de un tejido que Sánchez Ron intenta restituir en su complejidad, sin idealizaciones pero también sin los recortes interesados de quienes prefieren ignorar ciertos capítulos.
A partir de ahí, el libro avanza por territorios muy diversos: el impacto del descubrimiento de América en las ciencias naturales (con figuras como José de Acosta y su Historia natural y moral de las Indias), la Ilustración borbónica y sus expediciones científicas, la correspondencia entre Celestino Mutis y Linneo, la introducción del sistema de clasificación botánica en España, la recepción del darwinismo, la Institución Libre de Enseñanza, la edad de plata de la ciencia española con Cajal, Torres Quevedo y Blas Cabrera, la catástrofe de la Guerra Civil y el exilio, y los esfuerzos —a menudo heroicos, a veces patéticos— por reconstruir lo destruido durante el franquismo.
Uno de los aciertos más notables del libro es la atención que presta a la divulgación científica. Las páginas dedicadas a José Echegaray, el dramaturgo y político que durante décadas escribió artículos de divulgación matemática y física para periódicos como El Diario de la Marina, revelan una faceta poco conocida de la cultura española: la existencia de un público ávido de ciencia que, sin embargo, carecía de instituciones que la produjeran de forma sostenida. Echegaray ganaba dinero con sus artículos de ciencia popular —«los libros de ciencia no hacen rico a nadie en España», confesaba—, pero esa misma dependencia del periodismo revela la fragilidad de un ecosistema científico que no lograba sostenerse por sí mismo.
Las voces recuperadas: un recurso literario y ético
Quizá el rasgo más distintivo de la escritura de Sánchez Ron en este libro sea su uso extenso de las citas. No se trata de erudición gratuita. El propio autor lo explica con honestidad: ha sido «una decisión consciente, motivada por mi deseo de recuperar voces con frecuencia perdidas salvo por el recuerdo que puede ofrecer la historia, de dejar constancia de las palabras, de los escritos, de algunos de los protagonistas de mi reconstrucción».
Y esa decisión tiene consecuencias literarias profundas. Al ceder la palabra a Mutis escribiendo a Linneo, a Cajal describiendo su primer encuentro con la obra de Haeckel en una playa de Saturrarán, a Torres Quevedo presentándose ante la Academia con la humildad del ingeniero que se sabe ajeno al mundo de las letras, Sánchez Ron convierte su libro en algo más que una historia: lo convierte en un coro. Las voces del pasado irrumpen con sus modismos, sus vacilaciones, su entusiasmo o su amargura, y el lector tiene la sensación de estar escuchando conversaciones que nadie había transcripto en mucho tiempo.
La carta de Mutis a Linneo, por ejemplo, es un documento extraordinario: «¡Oh varón humanísimo!», comienza, entre lágrimas, al recibir noticias del naturalista sueco. En esa exclamación hay toda una época, toda una forma de entender la ciencia como fraternidad entre extraños, como correspondencia literal entre personas separadas por océanos que comparten, sin embargo, un mismo asombro ante el mundo.
Interpretación: ni leyenda negra ni leyenda rosa
Sánchez Ron es explícito al rechazar dos tentaciones simétricas. No quiere ser «un Menéndez Pelayo redivivo», dedicado a buscar precursores nacionales ignorados para alimentar un orgullo patrio. Pero tampoco quiere caer en la versión opuesta, esa que reduce la historia científica española a una sucesión de fracasos inexplicables. Lo que propone es más modesto y más difícil: comprender.
«No han faltado españoles que supieran apreciar el valor de la ciencia para el bienestar y dignidad de su país», escribe hacia el final. «Lo que no quiere decir que hayan sido demasiado numerosos.» Esa frase, con su doble negación y su matiz restrictivo, resume la posición del autor: ni triumphalismo ni autoflagelación. Reconocimiento de lo que hubo, duelo por lo que no llegó a ser, y una pregunta que queda suspendida en el aire: ¿por qué?
La respuesta que el libro sugiere, sin formularla como tesis cerrada, es estructural. Sánchez Ron señala repetidamente la ausencia de una industria que necesitase de la ciencia y que, al mismo tiempo, la nutriese. Sin ese tejido productivo, los científicos españoles quedaban suspendidos en el vacío: individuos brillantes sin un entorno que los sostuviera, instituciones frágiles dependientes de voluntades políticas cambiantes. La ciencia, viene a decir el autor, no es solo cuestión de talento individual; es cuestión de suelo, de infraestructura, de continuidad.
Hay también una lectura política ineludible. La Guerra Civil y el exilio no fueron solo una catástrofe humana: fueron una amputación intelectual. Nombres como Blas Cabrera, que dimitió del Comité Internacional de Pesas y Medidas, o la diáspora de científicos republicanos hacia México y otros países, representan una pérdida que el libro registra con sobriedad pero sin eufemismos. El franquismo intentó reconstruir algo sobre esas ruinas —el CSIC, la retórica de la «España que resurge»—, pero lo hizo sobre un terreno envenenado por la depuración y el aislamiento.
Lo que el libro no es, y lo que gana por no serlo
Conviene señalar lo que Sánchez Ron declara abiertamente en su prólogo: no ha pretendido ser exhaustivo. No es un «historiador-entomólogo» que persigue hasta el último detalle. Esa renuncia voluntaria a la completud es, paradójicamente, una de las fortalezas del libro. Al liberarse de la obligación de mencionarlo todo, el autor puede detenerse en lo significativo, puede demorarse en una carta, en un discurso, en una anécdota que ilumina una época entera.
También es honesto sobre sus lagunas. Reconoce la casi total ausencia de mujeres científicas en su relato —solo menciona a la oceanógrafa Ángeles Alvariño y, de pasada, a la física Felisa Martín Bravo—, y lo atribuye no a una limitación intelectual de las mujeres, sino a las barreras históricas que les impidieron acceder a la práctica científica. Esa honestidad, que podría haberse resuelto con un silencio pudoroso, se convierte en un gesto de integridad intelectual.
Valoración final: leer para entender el presente
El país de los sueños perdidos no es un libro fácil en el sentido de que no ofrece una tesis sencilla ni un relato consolador. Es un libro largo, denso por momentos, que exige del lector una atención sostenida y una cierta disposición a dejarse llevar por los meandros de una historia que no siempre avanza en línea recta. Pero recompensa esa atención con creces.
Lo que aporta, ante todo, es perspectiva. En un momento en que el debate público español vuelve una y otra vez sobre la cuestión de la investigación, la fuga de cerebros, la inversión en ciencia, este libro recuerda que esos problemas no son nuevos. Que llevamos siglos lidiando con ellos. Que ha habido momentos en que parecía que las cosas iban a cambiar —la Institución Libre de Enseñanza, la Junta para Ampliación de Estudios, la Residencia de Estudiantes— y que esos momentos fueron truncados, a veces por la violencia, a veces por la indiferencia, a veces por algo peor: la convicción de que la ciencia era un lujo que el país no podía permitirse.
La prosa de Sánchez Ron, contenida y precisa, evita tanto la grandilocuencia como la jerga académica. Escribe como quien habla con un interlocutor inteligente al que no necesita impresionar, solo informar y, en el mejor de los casos, conmover. Porque hay momentos en que la acumulación de datos y citas produce un efecto emocional inesperado: la sensación de estar asistiendo a un entierro multitudinario, al desfile de todos los proyectos que no fueron, de todas las instituciones que no llegaron a existir, de todas las voces que se callaron antes de tiempo.
El verso de León Felipe que abre el libro habla de Rocinante, «muy cansado», andando «por los ásperos y torcidos caminos de la Historia». Es una imagen perfecta para la ciencia española tal como Sánchez Ron la retrata: no un Pegaso alado, sino un viejo caballo que tropieza, se levanta, vuelve a tropezar, y aun así sigue andando. Leer este libro es, en cierto modo, acompañarlo en ese camino. Y entender, al final, que el país de los sueños perdidos no es solo un lugar del pasado. Es también, todavía, un lugar del presente.
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